viernes, 3 de abril de 2015

CÓMO SE ACABA UNA HISTORIA GANADERA EN EL DEPARTAMENTO DEL CAUCA

Durante el mes de marzo de este año (2015) el departamento del Cauca ha estado ocupando algún espacio (no muy extenso) en la prensa nacional, radio y televisión. El tema, es el de siempre: los indígenas han invadido tierras ajenas y se han producido enfrentamientos con la fuerza pública. Hasta ahora el resultado es que los heridos suman 154, un 70% indígenas y un 30% policías. De estos últimos, hay varios heridos con disparos y a uno le cercenaron los dedos de un pie. Lo que hace distintos estos enfrentamientos, es que por primera vez los indígenas invadieron terrenos de los ingenios del Valle del Cauca. Y no los han podido sacar.
La senadora Paloma Valencia se pronunció haciendo una propuesta singular: que el departamento del Cauca se divida en dos partes, una para los indígenas y otra para el resto de la gente. Un sector para quienes no desean trabajar ni progresar y otro para los que piensan lo contrario. Por supuesto la idea alborotó el escenario y muchos la atacaron y ridiculizaron en todos los medios. Lógico, se trataba de una senadora del Centro Democrático y los “cerebros de la Sabana” no iban a desperdiciar la oportunidad de atacar al presidente Uribe. Pero parece que nadie captó que el mensaje de Paloma Valencia estaba cargado de ironía y sarcasmo para resaltar la falta de comprensión que el resto del país tiene con lo que sucede en el Cauca. Todos lo tomaron casi como un proyecto de ley!
Diego Martínez Lloreda publicó en El País de Cali una sensata columna destacando lo que sucedería si los descendientes de los muiscas empezaran a “recuperar” sus tierras ocupando las haciendas de la Sabana, y luego llegando hasta Anapoima.
Es difícil imaginar en qué va a terminar todo esto. Personalmente lo veo como un capítulo más de una historia que comenzó poco después del terremoto de 1983. Un capítulo más de una serie de sucesos fríamente calculados que buscan un objetivo que puede ser catastrófico para el suroccidente del país y servir de malsano ejemplo para otras regiones de Colombia. Naturalmente, adobados por la displicente actuación del gobierno central.
Cuando nos volvemos viejos, tenemos mucho tiempo para pensar y analizar lo que sucede en nuestro entorno y todo esto me ha desvelado periódicamente. Entonces pensé oportuno escribir esta pequeña historia para que mis familiares y algunos amigos puedan entender mañana lo que le ha pasado a mi departamento, y LO QUE LE VA A PASAR.
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Desde niño tuve una conexión integral con el agro. Mis abuelos y mis tíos poseían haciendas y en ellas gocé íntimamente los años de mi niñez y el comienzo de la juventud al tiempo que aprendí infinitos conocimientos sobre las labores de la ganadería, el cultivo del café, el manejo de los bosques, las quebradas y los ríos. Cuando mis compañeros del colegio se asustaban al ver pasar las partidas de novillos por la carrera tercera de Popayán, rumbo al Matadero Municipal, yo ya sabía “capar novillos”, poner inyecciones, manejar garrapaticidas, enlazar, ordeñar, montar “en pelo” y dominaba todos los términos del lenguaje coloquial que utilizan los mayordomos, los vaqueros y los campesinos. Naturalmente, ese discurrir me hizo nacer un amor intenso por todo lo que significa el campo, el ganado, y en general, las actividades agropecuarias y su estrecha relación con la naturaleza..
Al terminar mi bachillerato en 1953, mi ilusión era ponerme al frente de las tres haciendas de mi padre, el Coronel Carlos Ayerbe Arboleda. El Cauca era un remanso de paz, muy distinto a lo que se vivía en el norte del Valle, el Tolima y el Magdalena Medio donde “La Violencia” cobraba víctimas todos los días en una lucha irracional entre liberales y conservadores. Con el cartón de bachiller orgullosamente enmarcado y colgado en mi alcoba, le expresé a mi padre mis aspiraciones de tomar el manejo de las tres haciendas en donde se había establecido una productiva línea de cría con lechería, levante y ceba en tres distintas regiones de nuestra cordillera central. En San Francisco, a 2.000 m.s.n.m. y a 21 kilómetros del casco urbano de nuestra ciudad, cerca de Quintana y el cerro de Puzná, se manejaba la lechería, producción de quesos y la cría de ganado normando. En Esperanza, de características similares a San Francisco, se hacía el levante de los novillos y también se mantenían algunas vacas de cría. Y finalmente en Santa María, situada en Malvazá, inmediaciones del poblado Gabriel López, con 3.000 m.s.n.m. se lograba la ceba de los novillos. La ganadería tenía una fuerte base de raza normanda y periódicamente se habían hecho cruces con Shorthorn. En total se manejaban unas 800 cabezas de ganado vacuno, además de los caballares para los diferentes trabajos.
Montar ese grupo de haciendas se había logrado pues mi madre había heredado de mi abuelo, don Samuel González la hacienda San Francisco y mi padre la había agrandado comprando varios potreros vecinos. Santa María, la había comprado mi padre al doctor Francisco José Chaux, un distinguido político payanés que había sido ministro en la administración del presidente Alfonso López Pumarejo. La Esperanza, la compró mi padre al médico Álvaro Angulo Arboleda, ex ministro de Salud Pública en el mandato del presidente Guillermo León Valencia.
Pero mis propósitos rápidamente cayeron a tierra cuando mi padre dijo muy seriamente: “Mayordomos se consiguen a un precio razonable. Yo lo quiero ver a usted con un título profesional en la mano”. Entonces pensé en Veterinaria o Agronomía, pero otra vez sentenció mi padre: “Estudie alguna carrera que exista en Popayán, para que en los fines de semana me ayude con las fincas”.
Por entonces la Universidad del Cauca tenía facultades de Derecho, Medicina e Ingeniería Civil. Lógicamente la que más relaciones podía tener con el campo era la última, y dócilmente me presenté a los exámenes de admisión que superé facilmente como sucedía con los bachilleres del Liceo de la Universidad del Cauca que tenía un profesorado excelente. Por entonces la carrera de ingeniero civil se hacía en seis largos años durante los cuales alterné los estudios con las visitas a las haciendas los fines de semana.
Cuando fallecieron mis padres, con mis seis hermanos resolvimos mantener las haciendas con un solo manejo y creamos una sociedad agropecuaria que nos permitiera producir los recursos para que los hermanos menores pudieran terminar sus estudios universitarios. Cumplido ese propósito, diez años más tarde hicimos la distribución de los bienes.
Mediante acuerdos y negociaciones, la hacienda San Francisco quedó en mi propiedad, con una extensión de 276 hectáreas, conjuntamente con mi hermano Luis Eduardo en una proporción del 70% y 30% respectivamente, encargándome del manejo completo de la hacienda a partir del 1° de enero de 1978.
Por entonces, yo había adquirido en el municipio de Cajibío, vereda La Aurelia, 60 hectáreas en donde establecí una reforestación con un total de 100.000 plántulas de coníferas Ptenuifolia, Khasia, Oocarpa, Pátula y Ciprés. En esa finca, que bauticé “Pinar San Carlos” dejé unas pocas hectáreas para mantener algunas vacas, pastos de corte, y construí la casa del mayordomo, una cómoda residencia para mi familia, puente sobre la quebrada para el ingreso, red eléctrica y vías internas.
Alterno mi trabajo de ingeniero civil con el manejo de San Francisco y el Pinar San Carlos. La ingeniería es una profesión que se combina muy fácilmente con la ganadería y facilita la ejecución de muchas obras – establos, acueductos, bebederos, vías internas, etc. – que son básicas para la tecnificación de las haciendas y su correspondiente progreso. Paralelamente inicio un mejoramiento genético integral con la ayuda de la Inseminación Artificial utilizando semen de toros franceses, material que importa la Asociación Colombiana de Criadores de Ganado Normando, entidad que tiene un magnífico apoyo por parte de su similar en Francia. La mejora genética se advierte rápidamente y ganados de San Francisco empiezan a obtener premios en las exposiciones agropecuarias en Popayán, Armenia, Manizales y la nacional Agroexpo de Bogotá. Aquí creo oportuno indicar, modestia aparte, que por mis ejecutorias en San Francisco y San Carlos recibí en 1982 de manos del ministro de agricultura la condecoración al Mejor Ganadero del Año en Colombia.
Después del terremoto de 1983 se inicia en el Cauca lo que los indígenas llaman la “recuperación de tierras”. Nace el CRIC, Consejo Regional Indígena del Cauca, con la ayuda muy efectiva de sectores políticos de izquierda. Comienzan a invadir las primeras fincas, en las cercanías de Silvia donde hay una fuerte presencia de indígenas guambianos. Un hecho que marcó muy negativamente este proceso, fue la presencia del presidente Belisario Betancur en la hacienda “Las Mercedes” de la familia González Piedrahita, dedicada a la cría de ganado de lidia, en Silvia, una de las primeras en ser invadida por los indígenas. El presidente Betancur se hizo presente con su ministro de defensa, general Camacho Leiva, y aceptó que los indígenas desarmaran al general de su pistola para dejarlo ingresar a la Plaza de Tienta de la hacienda en donde se celebró una reunión con características de “asamblea indígena”. Allí el presidente tácitamente aceptó que los indígenas tenían derecho “recuperar” sus tierras ”ancestrales”. Con semejante apoyo, el movimiento rápidamente se expande a toda la cordillera central, en donde están localizadas las mejores haciendas ganaderas del departamento. Como es apenas lógico, los ganaderos empezamos a utilizar los recursos legales para defender nuestras tierras, acudiendo al sistema judicial, presentando querellas ante las alcaldías y solicitando de la Policía protección pues las invasiones vienen acompañadas de destrucción de cercos, rotura de mangueras de los acueductos, heridas y muerte de los ganados, y agresión física a los ganaderos y sus trabajadores. Los indígenas reciben un apoyo fundamental de la guerrilla del M-19 y además crean su propio movimiento armado: El Quintín Lame.
Los actos terroristas y ataques a las instalaciones de las haciendas y a los ganados se multiplican y se da el caso de explosión de bombas de alto poder en las residencias que los ganaderos tienen en la capital del departamento. Dos años más tarde, después de sufrir toda clase de atropellos y ante la inoperancia del apoyo institucional, los ganaderos no tenemos otro remedio que someternos a desocupar las tierras y “ofrecerlas voluntariamente” al Instituto Colombiano de la Reforma Agraria, INCORA. Esta entidad compra a unos precios ridículos y los pagos se difieren a cinco años con cuotas semestrales e intereses muy por debajo de lo comerciales o bancarios. En 1985 la hacienda San Francisco se “negocia” a la ínfima suma de $53.000 la hectárea, precio que incluye todas las construcciones e instalaciones. Por supuesto, los pagos se efectúan con grandes retrasos sin derecho a reclamar y sin que se reconozcan intereses moratorios. Ocho años atrás, al repartirnos las tierras, las habíamos avaluado a $75.000 la hectárea.
Me veo obligado a vender todo el ganado reservando las que considero 20 mejores terneras, producto de inseminación artificial, que traslado a mi finca Pinar San Carlos en Cajibío. Inicio con ellas un manejo silvo-pastoril que tiene mucha aceptación en los ganaderos que desalojados de la cordillera, tratan de mantener haciendas en la meseta cercana a Popayán. Desde luego estas haciendas son menores en extensión y el manejo de razas europeas como Normando, Holstein y Pardo Suizo reciben el impacto de las garrapatas y otras plagas propias de un clima medio, muy distinto al frío de la cordillera. Poco a poco las 20 terneras se convierten en un hermoso hato ganadero y la genética progresa paulatinamente hasta convertir al Pinar San Carlos en una hacienda con cincuenta ejemplares de raza Pura Normanda. La lechería que allí organizo tiene un cómodo establo, equipo de ordeño mecánico, y tanque de frío para conservar la leche que es recogida cada dos días por Friesland Colombia, multinacional holandesa que ha comprado la pasteurizadora de la Cooperativa Lácteos Puracé. San Carlos rápidamente ocupa el primer lugar en calidad de leche y tiene el más alto precio por las bonificaciones que generan su grado de limpieza y sus contenidos de grasa y proteína. Con la ayuda de varios ganaderos entusiastas, formamos una entidad gremial, “ASPROLECHE”, que nos permite mantener las ganaderías en un alto standard de calidad y rendimiento.
En San Carlos se establece el primer cultivo de lombricultura, con semilla traída por vía aérea desde Boyacá que rápidamente se expande a otras regiones del Cauca para quienes se entrega gratuitamente semilla e información técnica para su manejo. Para divulgar este novedoso sistema de utilización de desechos convertidos en abonos, dictamos allí innumerables capacitaciones a ganaderos y campesinos. He comprado terrenos vecinos para completar 100 hectáreas, y construyo una agradable casa de campo con la ilusión de pasar allí mis últimos años de vida en compañía de mis vacas y mis árboles.
A finales del siglo XX y comienzos del XXI las guerrillas de las Farc y el ELN emprenden un plan de hostilidad brutal contra el campo colombiano y empiezan a secuestrar centenares de personas, entre ellos principalmente a los ganaderos. En el departamento del Cauca, más de cincuenta ganaderos y agricultores son secuestrados y algunos de ellos perecen en manos de sus captores, como sucede con Guillermo Echeverri, Rafael Arboleda, Octaviano Pérez y Daniel Collazos. En ese largo listado de ganaderos secuestrados recuerdo a Zoila Rey de Hormaza, Miryam Velasco de Illera, Herminia de Velásquez, Ana Milena de Duque, Olga Lehmann, Jorge Peña, Diego Caicedo, Rodrigo Velasco, Juan María Caicedo, Luis Felipe Ordoñez, José Llano, Álvaro Mosquera, Jesús Pérez, Roberto Lehmann, Jorge Alberto Duque, Gustavo Velasco, Jorge Carlos Arboleda y los hermanos Gustavo Adolfo y Genaro Caicedo. Esta lista pudiera triplicarse, si la memoria no me fallara.
En la zona de Cajibío, opera una célula del ELN y el sábado 23 de junio de 1999 soy secuestrado por esa organización terrorista en el momento de ingresar a mi propiedad. Me conducen a un sitio entre Morales y Piendamó y me mantienen bajo tierra en una especie de caverna estrecha que han cavado, a la cual se accede por un pequeño orificio que luego taponan con una losa de concreto. Allí permanezco enterrado durante un mes, en paños menores, sin que me permitan salir ni siquiera para las más elementales necesidades.
El suplicio termina cuando lo secuestradores temen que yo fallezca pues por mi edad (63 años) y las condiciones de mi encierro, mi estado físico se deteriora notablemente. La vida del secuestrado es importante para sus captores cuando los familiares exigen que para negociar el rescate haya permanentes pruebas de supervivencia. Por esa razón me liberan a la media noche en un terreno descampado y logro llegar después de muchas penalidades a Piendamó donde fui recogido por la Policía. Ante la amenaza de represalias contra mis nietos, al día siguiente se pagó un valioso rescate.
Un secuestro marca muy hondamente a quien lo sufre, a todo su componente familiar y al entorno de sus colegas ganaderos. Ir a San Carlos se convierte en afrontar un riesgo, y debo hacerlo con la compañía de escoltas lo cual rápidamente resulta insoportable. Para completar la complicada situación, los indígenas y las Farc organizan el bloqueo de la carretera panamericana, precisamente en el sitio donde se localiza la entrada a Cajibío y a mi finca. Durante casi 40 días el acceso a la finca es imposible y no se puede sacar la leche ni ingresar alimentos concentrados ni los insumos que normalmente necesita una explotación ganadera. La guerrilla ocupa la finca, recoge la producción lechera y me deja mensajes amenazadores advirtiendo que pronto empezarán a sacrificar el ganado para alimentar a las “comunidades” que bloquean la panamericana. El departamento del Cauca queda incomunicado del resto del país y el gobierno nacional se muestra impotente ante semejante barbaridad.
Todos esos acontecimientos me hacen pensar que nuestro departamento está en la mira de un movimiento indígena que tiene unos proyectos de expansión sumamente ambiciosos, que cuenta con el efectivo apoyo armado de la guerrilla, y que se beneficia con el desinterés y la debilidad con que el gobierno nacional maneja el problema.
Buscando proteger mi integridad y la de mi familia, decido cerrar un capítulo de mi vida, y despedirme para siempre de la ganadería. Vendo a cualquier precio la totalidad del hato lechero, suspendo totalmente cualquier inversión y pongo en venta la finca. Pero una finca en donde el dueño ha sido secuestrado tiene un valor ínfimo. Después de dos años de estarla ofreciendo, logro venderla por una suma muy inferior a la de la hermosa casa de campo que en ella construí.
El epílogo de esta historia es triste e indica que en el Cauca el proceso de acabar con el campo continúa. Hace dos meses quien compró mi finca y había montado allí un hato ganadero, tuvo que desocupar y abandonar la finca después de haber recibido una visita de guerrilleros que lo maltrataron, lo insultaron y le comunicaron que tenía 24 horas de plazo, improrrogables, para entregarles una multimillonaria suma de dinero.
Esta es una historia totalmente verídica y seguramente en otras regiones colombianas hay casos similares y mucho más graves. La escribo con la esperanza de que estos sucesos no queden en el olvido y sirvan para que las generaciones futuras comprendan cómo se ha gestado el progresivo deterioro económico del departamento del Cauca. También, para que conozcan las verdades que los gobiernos esconden mientras negocian con terroristas narcotraficantes el futuro de Colombia. Negociación que adelantan en Cuba, país que alimentó permanentemente con armas y logística a la guerrilla colombiana. Y para rematar, con la mediación de Venezuela, país que ha servido en los últimos años descaradamente como refugio y protección a los narcoterroristas.
En estas condiciones, no veo factible la paz. Y si acaso se firma, será con una amplia dosis de impunidad y beneficios para la guerrilla, mientras sufrirán graves consecuencias las s honradas y trabajadoras de Colombia.

Roberto Ayerbe González Marzo de 2015